Diálogos | Nueva izquierda
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01 Nov ¿Es ideológica la lucha contra la corrupción en Guatemala?

Hay quienes argumentan que la lucha contra la corrupción en Guatemala es un asunto que únicamente interesa a las izquierdas, que realmente lo que quieren es llegar al poder por otros medios distintos a las elecciones, ya que en estas casi siempre pierden ante partidos de derechas que han gobernado el país desde que empezamos la transición hacia la democracia. El argumento es que se está judicializando la política, pues muchos de los casos investigados por el Ministerio Público (MP) y la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) tienen como acusados a prominentes políticos de los partidos tradicionales, de la vieja política. La mayoría de los casos recientes están relacionados, precisamente, con el delito de financiamiento ilícito de las campañas electorales.

Esta absurda historieta de cierta derecha con raíces en el añejo anti-comunismo del siglo XX no tiene fundamento alguno y, más bien, parece una politización de los casos judiciales. Toda persona razonable, tanto de derecha como de izquierda, se da cuenta que uno de los principales problemas de nuestro sistema político es la corrupción. Los casos evidenciados en 2015 por el MP y CICIG, que afectaron al entonces Presidente de la República y a su Vicepresidente, indignaron a toda la población. Un buen porcentaje de esta se movilizó en el mundo virtual de las redes sociales, mientras que otro nutrido grupo salió a las calles y plazas para protestar. No fue, como ahora quiere sugerir el Alcalde de la Ciudad de Guatemala, un golpe de estado blando. Los ciudadanos ejercieron su poder soberano y dijeron “¡Basta Ya!” a la elite política corrupta en el poder, y esto a su vez fortaleció la persecución contra los aún presuntos criminales. Lamentablemente, por la proximidad del evento electoral de ese año, no hubo tiempo de depurar a todos los políticos en el Congreso y en las corporaciones municipales. Ahora sufrimos las consecuencias de una asamblea legislativa infestada de corruptos que desean defender a toda costa su inmunidad para garantizarse la impunidad.

Hay una manera objetiva de demostrar que la lucha contra la corrupción no tiene color ideológico. Recientemente se liberaron los datos del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (conocido como LAPOP, por sus siglas en inglés), también reconocido como el Barómetro de las Américas, liderado por la Universidad de Vanderbilt. La encuesta más reciente en Guatemala fue realizada entre febrero y mayo del 2017, coordinada por ASIES y financiada por USAID. La misma nos puede dar algunas luces para responder a la pregunta con la que titulamos el artículo, pues se indagó específicamente sobre la participación ciudadana en las movilizaciones anti-corrupción del 2015.

Según dicha encuesta, cuando se les pregunta a los guatemaltecos ¿cuántos de los políticos en el país cree usted que están involucrados en corrupción?, más del 33 por ciento responden que “todos” están involucrado en corrupción, un 32 por ciento dicen que “más de la mitad”, 23 por ciento piensan que “la mitad” de ellos lo está, casi 9 por ciento cree que “menos de la mitad” están involucrados, y solamente un 2 por ciento del total de entrevistados dice que “ninguno” de los políticos de Guatemala está involucrado en actos de corrupción. No parece haber diferencias entre los entrevistados en áreas rurales o zonas urbanas respecto a esta severa descalificación hacia los políticos. Desde la perspectiva de género sí hay diferencias estadísticamente significativas. En el caso de las mujeres, con su innata habilidad para detectar a los mentirosos (según la psicología evolucionista), ellas tienden a desconfiar más de los políticos, pues hasta el 37 por ciento piensa que “todos” ellos están involucrados en corrupción (versus un 30 por ciento en las respuestas de los hombres encuestados; por otro lado, como sabemos, las mujeres están sub-representadas en los cargos de elección popular).

Lo más interesante es que LAPOP 2017 también preguntó en Guatemala lo siguiente: “¿Participó usted en las manifestaciones/protestas en el año 2015 en contra de la corrupción?” A lo cual el 16 por ciento de los entrevistados (N=1542) respondió que SÍ, siendo levemente mayor la participación en el área urbana (17 versus 15 por ciento en lo rural, lo cual implica que no hay diferencia estadísticamente significativa), lo que cuestiona la percepción muy difundida de que las protestas del 2015 fueron exclusivamente un fenómeno de área metropolitanas, con fácil acceso a Internet y otros medios alternativos de información, como la TV por cable y los periódicos. Lo que sí parece indicar la encuesta es que hubo una mayor participación de hombres que de mujeres (20 por ciento, sobre todo en el área urbana donde el porcentaje sube al 22 por ciento, versus el 13 por ciento en mujeres, tanto en lo rural como en lo urbano). Ahora, lo que queremos saber es si hubo alguna diferencia en nivel de participación respecto a la ideología de los encuestados.

LAPOP les pide a las personas que se ubiquen ellas mismas en el espectro izquierda-derecha, dándose una calificación de 1 a 10, donde 1 es muy a la izquierda y 10 muy a la derecha: “Según el sentido que tengan para usted los términos “izquierda” y “derecha” cuando piensa sobre su punto de vista político.” Para simplificar el análisis he agrupado las respuestas en cinco categorías: 1-2 izquierda, 3-4 centro-izquierda, 5-6 centro, 7-8 centro-derecha, y 9-10 derecha. Es alentador observar, en términos generales, una distribución normal según la auto-identificación de las personas, aunque los extremos parecieran estar sobre-representados (habrá que profundizar sobre esto y contrastarlo con encuestas anteriores), como se muestra en el siguiente gráfico.

Gráfico 1. Pregunta LAPOP 2017. Auto-ubicación en el espectro ideológico.Fuente: elaboración propia con base a resultados de LAPOP 2017.

 

Al retomar las respuestas a la pregunta sobre cuántos políticos estarían involucrados en corrupción, son los moderados de derecha lo que no se atreven a generalizar, especialmente los hombres de centro-derecha (24 por ciento piensan que todos los políticos son corruptos), aunque sí se atreven a afirmar que más de la mitad por seguro lo son, es decir, la mayoría de los políticos han estado involucrados en actos de corrupción. Los que más generalizan son los de derecha, especialmente las mujeres de derecha (44 por ciento piensan que todos los políticos son corruptos).

Respecto a la pregunta de participación en las manifestaciones del 2015, definitivamente NO hay diferencia estadísticamente significativa entre las distintas ideologías. Los del centro participaron con similar intensidad (15 por ciento) y los dos extremos también (20 por ciento la izquierda versus 18 por ciento la derecha). Lo cual confirma que la indignación no fue afectada por la ideología del individuo. Estadísticamente hablando, fue el mismo nivel de participación en las plazas, sin importar dónde se ubican las personas en el amplio espectro ideológico, como se muestra en el siguiente gráfico. Nótese que se incluyeron trazos de intervalos de confianza (al 95%) en las respuestas positivas, para visualizar que las diferencias no son estadísticamente significativas, pues los mismos se traslapan entre sí.

Gráfico 2.Fuente: Elaboración propia con base a resultados de LAPOP Guatemala 2017. Intervalos de confianza al 95%.

 

Si aceptamos que, en general, un 15 por ciento de la población adulta estuvo participando activamente en las protestas del 2015, estamos hablando de 1 millón 300 mil habitantes, aproximadamente. Este número es mayor al total de votos que obtuvo cualquiera de los dos partidos políticos que pasaron a segunda vuelta en las elecciones presidenciales del 2015 (UNE obtuvo un poco más de 967 mil, y FCN-Nación 1 millón 167 mil votos). Es decir que la cantidad de los ciudadanos que se movilizaron no era una cifra despreciable en términos políticos. De hecho, casi el 88 por ciento de los que fueron a protestar participaron también en las elecciones, ejerciendo su derecho al voto y a pesar de las consignas que surgieron en la misma plaza, en el sentido de que en esas condiciones no se querían elecciones. En el caso de los que no protestaron, la asistencia a las urnas fue significativamente menor: 74 por ciento (intervalo de confianza al 95% da una participación entre 71 y 76 por ciento de este grupo). Esto también sirve de sustento a una hipótesis de politización de los ciudadanos durante el 2015, especialmente de la clase media, que he expresado con anterioridad (en este mismo BLOG).

Del total que participó en las protestas anti-corrupción y también decidió ir a votar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el 47 por ciento votó a favor de Jimmy Morales. Respecto a los votantes, el peso relativo de los que protestaron en 2015 es aún mayor, es decir, más del 21 por ciento de los votos emitidos. Por ello, bien harían los políticos en poner sus barbas en remojo. Al menos 1 de cada 5 electores son críticos y activos oponentes de la corrupción que perciben incrustada entre la élite política y sus contrapartes privadas. Si estos ciudadanos hastiados de la vieja política logran convencer, al menos a 2 de los otros 4 electores que no protestan, serán capaces de inclinar la balanza electoral a favor de quienes ellos perciban como líderes comprometidos en la lucha contra la corrupción y la impunidad. Ya no será suficiente autodefinirse como “Ni corrupto, ni ladrón” para ganar unas elecciones. Aunque ya sabemos que, por las mismas investigaciones de MP y CICIG sobre el modelo electoral tradicional y moribundo, el éxito no sólo es cuestión de marketing sino también de financiamientos ilícitos que tarde o temprano saldrán a la luz, al igual que el nombre de quienes facilitaron esos recursos. Son precisamente estos financistas, que buscan garantizar privilegios o negocios para sus intereses particulares manteniendo la opacidad en las campañas electorales, los que están queriendo enmarcar la lucha contra la corrupción como un asunto meramente ideológico. Sencillamente, no lo es.

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14 Oct Modelos teóricos para el análisis político: El pluralismo agonista de Chantal Mouffe (I)

“Pero también, pensando más localmente, lo político emergió en la lucha contrarrevolucionaria frente al Gobierno de Árbenz y en las propias del movimiento guerrillero y de los actores sociales frente a las dictaduras militares, así como también ha aparecido en las movilizaciones y protestas ciudadanas de este año en nuestro país contra la corrupción y a favor de la reforma política”.

 

Los últimos cincuenta años de la teoría política occidental se resumen en el paso de un período de amplio dominio del pensamiento liberal a otro en el que, progresivamente, han venido cobrando auge y ganando influencia las teorías post-liberales.

En efecto, con la publicación de Una teoría de la justicia de John Rawls en 1971, el pensamiento político liberal rompió con el largo predominio de la filosofía analítico-lingüística e inauguró una fructífera época de reflexión en torno a temas sustantivos de gran interés y prioridad para la filosofía política en las sociedades democráticas, a saber: la justicia social, la ciudadanía, las minorías, la desobediencia civil, las libertades, el pluralismo, los derechos humanos, entre otros.

Frente a los supuestos y planteamientos de la teoría rawlsiana de la justicia y el pensamiento político liberal habrían de emerger y reaccionar críticamente en el contexto anglosajón otras corrientes prolíficas e interesantes como el libertarismo, el comunitarismo, el marxismo analítico y el republicanismo, enriqueciéndose así enormemente el debate filosófico-político de finales del siglo XX.

Pero también en el continente europeo, sobre la base de otras tradiciones intelectuales, surgirían posturas críticas y propuestas alternativas frente a la teoría política liberal,  encontrándose entre las de mayor relevancia la de la filósofa política belga Chantal Mouffe (1943), quien en lo que va de este siglo ha desarrollado y perfilado su propio enfoque teórico-político que podemos denominar como “agonista” o “agonístico”.

La estrella de Mouffe ha ido en ascenso en el firmamento filosófico-político durante la última década y, en tal razón, para cualquier analista de la política resulta indispensable estudiar y considerar seriamente su propuesta teórica, especialmente la expuesta en varias de sus obras que han sido publicadas en castellano bajo títulos como El retorno de lo político, La paradoja democrática, En torno a lo político y Agonística, pensar el mundo políticamente.

Debo decir que el enfoque de Mouffe, no ciertamente en su totalidad pero sí en algunos de sus elementos claves, me parece no sólo atractivo sino también imprescindible para los fines de una reflexión teórica y crítica sobre la política contemporánea que, reconociendo el carácter post-metafísico de su época, trate de dar cuenta de las transformaciones del mundo en que vivimos y provea además guía u orientación para la praxis política.

En el marco de una reflexión previa y de mayor amplitud que fue publicada semanas atrás en Plaza Pública, no está de más señalar que varias aportaciones de Mouffe también me parecen elementos relevantes para la definición y constitución de una nueva izquierda que, asumiendo el fracaso histórico del socialismo realmente existente y dejando atrás el lastre de cualquier ortodoxia marxista, renueva su cultura política y amplía su horizonte analítico-conceptual en una ruta post-marxista a los efectos de una política emancipatoria.

Planeando dedicar al menos tres artículos al análisis y exposición de la propuesta de Mouffe, así como al desarrollo sobre esta base de una reflexión propia sobre la revolución en marcha en nuestro país, me limitaré en esta entrega a avanzar y explicar con la mayor claridad y brevedad posible algunos de los elementos claves de su modelo pluralista agonista.

Antagonismo, hegemonía y lo político/la política: los elementos del pluralismo agonista.

El pluralismo agonista propuesto por Mouffe es un modelo post-liberal de democracia que se propone ir más allá de los confines del modelo liberal de “democracia deliberativa” que han venido propugnando, desde el último cuarto del siglo XX, pensadores de enorme relevancia como John Rawls y Jürgen Habermas.

La esencia de la crítica de Mouffe a teorías políticas como la rawlsiana y la habermasiana se enfoca en la naturaleza liberal de las mismas, o más específicamente, en sus rasgos individualistas, racionalistas y universalistas. El punto clave de la crítica mouffeana subraya que la teoría política liberal, que revitalizaron Rawls y sus epígonos, es incapaz de aprehender y dar cuenta adecuadamente de la política contemporánea en virtud de su olvido o negación de lo político. ¿Qué es, para esta pensadora, lo político?

Junto con Laclau[1] y apoyándose de modo específico en la reflexión del filósofo alemán Carl Schmitt,[2] Mouffe sostiene que la teoría política contemporánea debe partir del reconocimiento de que el antagonismo es constitutivo e inerradicable[3] y que, por tanto, es una posibilidad siempre presente en la sociedad. En esta línea, lo político es, según Mouffe, “la dimensión de antagonismo y de hostilidad que existe en las relaciones humanas” y que “puede adoptar múltiples formas y puede surgir en relaciones sociales muy diversas”. Cuando las relaciones sociales se construyen o establecen bajo la forma del antagonismo, lo que empero no ocurre necesariamente en toda relación, allí entonces emerge o puede surgir lo político.

A manera de ejemplo, lo político se manifiesta en las luchas a favor de los derechos humanos bajo regímenes dictatoriales o democráticos, en las luchas de liberación nacional en países colonizados, en las luchas de los trabajadores por mejores salarios y condiciones de trabajo, o en las luchas de las mujeres y las minorías religiosas, sexuales y étnicas frente a regímenes opresivos.

Pero también, pensando más localmente, lo político emergió en la lucha contrarrevolucionaria frente al Gobierno de Árbenz y en las propias del movimiento guerrillero y de los actores sociales frente a las dictaduras militares, así como también ha aparecido en las movilizaciones y protestas ciudadanas de este año en nuestro país contra la corrupción y a favor de la reforma política. En realidad, no hay esfera de la sociedad en la que -cuando las relaciones sociales se han configurado antagónicamente- no pueda emerger lo político. Por ello mismo, para Mouffe una adecuada comprensión de la política en la sociedad contemporánea atraviesa en principio por la aceptación de “la necesidad de lo político y la imposibilidad de un mundo sin antagonismo”.

Pero hay aquí también algo adicional que es muy importante en  la teoría mouffeana, a saber: Lo político es, a la vez, algo distinto de la política. Mientras que lo político refiere al elemento de conflicto y antagonismo siempre presente en cualquier orden social, la política es el “conjunto de prácticas, discursos e instituciones que intentan establecer un cierto orden y organizar la coexistencia humana en condiciones que siempre son potencialmente conflictivas, ya que se ven afectadas por la dimensión de «lo político»”. En otras palabras, la política intenta cumplir sus fines en un terreno siempre potencialmente conflictivo en virtud de que está atravesado por lo político. O dicho de otra manera: la política intenta domesticar lo político, busca establecer orden donde hay caos, busca crear consenso donde hay división, busca generar unidad donde hay conflicto.

¿Qué importante significado tiene el reconocimiento del antagonismo y de lo político para la teoría y la praxis política?

De manera específica, esto tiene una gran relevancia para comprender adecuadamente la naturaleza e interacción de la política con lo político en un mundo antagónico, siendo también imprescindible aquí para Mouffe otro concepto clave: la hegemonía. Lo explico de esta manera:

1) Todo orden social es de naturaleza hegemónica. La sociedad, dice Mouffe, es “el producto de una serie de prácticas cuyo objetivo es establecer orden en un contexto de contingencia”. Esto significa que siempre existen relaciones de poder en la sociedad, es decir, que no es posible una sociedad más allá del poder como lo plantean algunas corrientes como el anarquismo y el comunismo[4] y que, al mismo tiempo, hay o existen prácticas hegemónicas contingentes que establecen un determinado orden y dotan de sentido a las instituciones sociales.

2) Todo orden social es una articulación contingente de relaciones de poder y, por ello mismo, todo orden es político. Como afirma Mouffe, “la objetividad social se constituye mediante los actos de poder”. Y ya que “cualquier orden es siempre la expresión de una determinada configuración de relaciones de poder”, no hay entonces un orden social que pueda considerarse como “natural” o como “destino” de la humanidad que debe ser aceptado. Todo orden está, pues, impregnado de elementos de contingencia e indecidibilidad; es el resultado de una historia específica y se encuentra carente de un fundamento último. Por ejemplo, la democracia liberal, la socialdemocracia y el socialismo son o han sido, en este sentido, formas específicas de órdenes políticos contingentes en diferentes países y en distintos momentos históricos, pero no hay nada en ellos que permita justificarlos como los únicos modos legítimos de organizar la coexistencia humana.

3) Todo orden social está basado en una forma de exclusión y no puede ser completamente inclusivo. En efecto, tal como mostró Schmitt con base en la distinción “amigo/enemigo”, la exclusión aparece como un elemento determinante al momento en que se constituye una comunidad política. En esa línea, afirma Mouffe, no puede dejarse de lado que “la política supone la construcción de identidades colectivas y la creación de un «nosotros» como opuesto a un «ellos»”. Siguiendo a Schmitt, subraya esta pensadora que no existe ni puede existir ningún “nosotros” sin un “ellos”; la existencia de una comunidad política es posible justamente por la exclusión de un “enemigo” político, trazándose así la frontera entre el “nosotros” y el “ellos”. Así, debemos entender según Mouffe “que el consenso es, y será siempre, la expresión de una hegemonía y la cristalización de unas relaciones de poder”, en suma, “que todo consenso está, por necesidad, basado en actos de exclusión y que nunca puede ser un consenso «racional», completamente inclusivo”.

En esta misma línea, dice expresamente Mouffe, “las cosas siempre podrían ser de otra manera, y por lo tanto todo orden está basado en la exclusión de otras posibilidades”. Y es justamente por esto, asevera esta autora, que todo orden hegemónico es susceptible de ser desafiado por prácticas contrahegemónicas que busquen desarticularlo y, a la vez, instaurar un nuevo o distinto orden hegemónico.

A la luz de estos planteamientos, por ejemplo, la democracia no tiene porqué ser concebida exclusiva ni necesariamente como democrático-liberal. No existe una relación necesaria entre liberalismo y democracia sino sólo una “imbricación histórica contingente”, con lo cual ésta última podría adoptar formas distintas (unas donde el valor de la comunidad sea más importante que el de la libertad individual, por ejemplo). En esta línea, la famosa frase de Margaret Thatcher “No hay alternativa” y el “fin de la historia” postulado por Francis Fukuyama tras el hundimiento del bloque comunista y el predominio y auge del capitalismo neoliberal, se revelan claramente falaces al aceptarse la inerradicabilidad del antagonismo y de lo político así como al reconocer la naturaleza hegemónica, política, contingente y excluyente de todo orden social. Así, en lugar de simplemente aceptarlo como un orden natural, subraya Mouffe, la hegemonía del orden capitalista neoliberal puede ser minada o desarticulada, por ejemplo a través de las prácticas contrahegemónicas de una política emancipatoria.

Culmino esta entrega señalando que, frente a la teoría política liberal y según las ideas y argumentos expuestos, Mouffe aboga pues por la recuperación y la primacía de lo político en la reflexión y el análisis político, considerando además en su modelo pluralista agonista otros elementos claves como el antagonismo, la política y la hegemonía. De acuerdo a esta notable pensadora, ello resulta imprescindible para comprender la naturaleza y el alcance de las tareas y los fines primordiales de la política democrática en las sociedades pluralistas contemporáneas.

A explicar esto con algún detalle y a profundizar en los planteamientos de la política agonista, retomando además en lo atingente la aguda y contundente crítica de Mouffe a los planteamientos de la teoría política liberal, me dedicaré en la siguiente entrega.


Referencias bibliográficas:

Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe: Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Siglo XXI, Madrid, 1987.

Mouffe, Chantal: El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Paidós, Barcelona, 1999.

Mouffe, Chantal: “Por una política de identidad democrática”. Conferencia pronunciada el 20 de marzo de 1999 en el marco del seminario Globalización y diferenciación cultural, organizado por el Museu d’Art Contemporani de Barcelona y el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona.

Mouffe, Chantal: La paradoja democrática. Gedisa, Barcelona, 2003.

Mouffe, Chantal: En torno a lo político. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007.

Mouffe, Chantal: Agonística. Pensar el mundo políticamente. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2014.


Notas:

[1] Cabe destacar que Mouffe sostuvo una estrecha relación personal e intelectual con el argentino Ernesto Laclau (1935-2014), afamado teórico del populismo, compartiendo ambos muchos supuestos y tesis que -en la ruta de un pensamiento post-marxista y post-liberal- formularon ya en los ochenta en su obra común Hegemonía y estrategia socialista.

[2] Schmitt, uno de los más sobresalientes críticos del liberalismo en el siglo XX, estableció un criterio específico para asegurar la autonomía de lo político respecto de otros ámbitos de la sociedad como la moral, la religión y el derecho. Ese criterio, como es sabido, es la distinción “amigo/enemigo”. Volveré sobre este tema en la siguiente entrega.

[3] La interesante reflexión filosófica de Mouffe sobre “la inevitabilidad intrínseca” y el “carácter irreductible y constitutivo” del antagonismo, así como sobre la renuncia a “la concepción de la sociedad como totalidad fundante de sus procesos parciales”, fue elaborada conjuntamente con Laclau y presentada inicialmente en Hegemonía y estrategia socialista, siendo inoportuno abundar aquí en ellas.

[4] Para Mouffe, la dimensión de negatividad radical manifiesta en el antagonismo “impide la plena totalización de la sociedad y excluye la posibilidad de una sociedad más allá de la división y el poder”. Esto es de especial relevancia para el debate entre el pluralismo agonista y las alternativas políticas que representan el anarquismo y el comunismo. Intentaré abordar este tema en la siguiente entrega.

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